Quemacoches by Bernardo Beccar Varela
 
El fuego, una vez encendido, no tiene marcha atrás
 
Diego, cautivado por la sed de fuego, se ve tentado a unirse a la banda de los quemacoches tras una propuesta de un antiguo compañero del secundario. Pronto se encuentra envuelto en un mundo desconocido, donde los monjes justicieros y un obsesionado jefe de bomberos buscan resolver el misterio de los autos quemados. Enfrentándose al peligro constante, Diego deberá deci- dir entre seguir su sed de fuego o traicionar a aquellos que lo acechan para encontrar su liberación. A medida que se adentra en la banda, Diego descubre los rituales de iniciación que deben superar para formar parte del grupo. Las reuniones clandestinas se convierten en escenarios donde se planean los próximos actos incendiarios, pero también donde Diego comienza a cuestionarse si está tomando el camino correcto. Se enfrenta a la difícil decisión de proteger a sus compañeros o salvarse a sí mismo. El descubrimiento de un secreto bien guardado por la cúpula eclesiástica agrega un giro inesperado a la historia. Enfrentado a la traición y al peso de la responsabilidad, debe encontrar su propio camino en este mundo de fuego y misterio. 
 
 
 
Diego siente fascinación por el fuego. Como un adicto, toquetea el en- cendedor que carga en su bolsillo mientras va a trabajar a Tele Más, un call center gris y sin ventanas, donde atiende uno tras otro los reclamos de los usuarios del servicio. La monotonía de sus días es asfixiante: tomar el desayuno que prepara Susana, su mamá, viajar apretado en el tren, trabajar sin descanso durante horas, y volver a comer con su mamá que no para de parlotear sobre el trabajo en la peluquería. Antes, de vez en cuando, solía tener sexo con Mica, su compañera dark, en el baño de la oficina, pero ahora ni siquiera cuenta con ese pasatiempo. 
“Diegui”, como le dice su mamá, se esconde tras una máscara de apatía. Parece no importarle nada. Salvo el fuego, claro. 
Y es que cuando las llamas invaden la cabeza de Diego como una necesidad irrefrenable, simplemente no puede evitarlo. Tiene que quemar algo. Su último fuego ardió en un tacho de basura.Solo después de estar bien encendido Diego escuchó los gritos de un gato, que salió disparado con medio cuerpo encendido. Pero qué culpa tiene él de que el gato estuviera ahí en ese momento.
Todavía recuerda los maullidos desesperados y el crepitar de las llamas, mientras hace bailar nuevamente el encendedor entre sus dedos. Frente a él, en plena calle, hay una gran montaña de ramas y hojas. Otra vez lo invade esa sed que solamente se apaga cuando una fogata se enciende. 
Despacio, se acerca a la pila de hojas y chasquea el encendedor. Las lenguas de fuego se elevan de inmediato por los aires. Todavía hipnotizado por el fulgor, cruza la calle mientras algunos vecinos se paran a mirar cómo las llamas suben también hasta el tendido eléctrico, qué explota con un ruido sordo. Pero qué culpa tiene él de que los cables estén ahí, ¿no?
Diego se aleja, dispuesto a volver a su casa y seguir su rutina, más liviano luego de haber encendido esa fogata. 
Lo que no sospecha es que alguien acaba de ficharlo. 
Apenas un día después, Martín, un antiguo compañero del secundario lo intercepta y le hace una propuesta: unirse a la banda de los quema- coches. Una pandilla que quema autos en Vicente López y que tienen en vilo a todos los vecinos, polícías y bomberos. Tras esa invitación, los sucesos se precipitan. Encuentros con sujetos misteriosos, rituales de iniciación, reuniones clandestinas. Pero quizás, la mayor de las sorpresas, es descubrir que uno de los miembros más importantes de la banda es Correa, el párroco de su colegio, al que recuerda en flashes: Correa pasando su mano por la espalda para que se enderece mientra canta El señor de Galilea, Correa y él solos en el salón frío y oscuro donde iban sus protegidos, los que tenían mejor voz y con los que ensayaba en su cuarto mientras comían sugus de menta. Pero también el mismo Correa que, un poco más tarde, Diego descubrirá que se acostaba con Susana, su madre, justo después de que su padre los abandonara para escaparse con su maestra. 
Pero la banda no está formada solo por Correa y Martín. También está Elena y sus tetas perfectas, ansiosa por quemar cada vez más autos. Y Julio, el jefe de la banda, que preside las reuniones clandestinas con la misma ceremonia que quien dirige una misa. 
Lo que Diego no sabe es que alguien sigue de cerca los pasos de la banda. Y es que Dardo, el jefe del cuartel de bomberos, está completamente obsesionado con resolver el misterio de los Quemacoches. Desde que descubrió que en cada auto arruinado los criminales dejan una medallita de San Benito, pasa cada minuto libre rastreando dónde puede hallar ese mismo modelo, para dar con quien las compró. No es tarea fácil: la matriz de esa medalla fue robada por un cura pedófilo que la cúpula eclesiástica se ocupó de castigar y ocultar según sus propias reglas, pero que desde hace años parece haber desaparecido sin dejar ni un solo rastro. 
Dardo seguirá cada pista, sin desanso, para dar con este sujeto. Pero a quien logrará a atrapar, será a Diego. Ahora el peligro lo acecha y únicamente la traición podrá liberarlo.
Dardo, Diego y un grupo de monjes justicieros deberán aunar fuerzas para atrapar al sacerdote pero también para evitar que lleve a cabo su último y gran acto de venganza: quemar la casa del obispo. 
¿Podrán detenerlos a tiempo antes de que las llamas destruyan todo a su paso?


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